el día, atendiendo a sus deberes. Aunque le habían parecido muy sencillos y fáciles, sin embargo, como suele suceder, no había avanzado absolutamente nada, a pesar de sus denodados esfuerzos. Después se había detenido en el club y había perdido al whist. Estaba desanimado.
—Bien, que Dios lo acompañe —respondió a Zajar, quien le había estado hablando sobre el penoso estado de Albert—. Mañana estaré realmente preocupado por él. ¿Está dispuesto o no a quedarse conmigo y seguir mis consejos? ¿No? Entonces es inútil. He hecho lo mejor que he podido.
“Eso es lo que pasa por querer hacerle bien a la gente”, se dijo a sí mismo.
“Me estoy tomando molestias por él. He metido a este ser inmundo en mis habitaciones, lo cual me impide recibir a extraños por la mañana; trabajo y voy de un lado para otro; y sin embargo, él me mira como a un enemigo cualquiera que, contra su voluntad, lo tuviera encerrado. Pero lo peor es que no está dispuesto a dar un solo paso en su propio beneficio. Así son todos”.
Esa palabra todo se refería a la gente en general, y especialmente a aquellos con quienes había estado asociado en los negocios ese día. —¿Pero qué se va a hacer por él ahora? ¿Qué está contemplando? ¿Por qué está melancólico? ¿Está melancólico a causa de la orgía de la que lo rescaté? ¿A causa de la degradación en la que ha estado? ¿La humillación de la que lo salvé? ¿Puede ser que haya caído tan bajo que le resulte una carga contemplar una vida pura? …
—No, esta fue una acción infantil —razonó Delesof—. ¿Por qué he de encargarme de dirigir a los demás, cuando ya bastante tengo con gestionar mis propios asuntos?
Le vino el impulso de dejarlo marchar inmediatamente, pero tras un breve recuento lo pospuso hasta la mañana.