En el rostro de Túrbin aún se distinguían rastros de ira, sus manos temblaban un poco, pero sus ojos brillaban con una alegre benevolencia y satisfacción personal.
—Aquí tiene; ¡está recuperado! —dijo, arrojando sobre la mesa varios fajos de dinero en papel—. Vea si está todo, y luego dése prisa y venga al salón. Me voy ahora mismo —añadió, como si no advirtiera la expresión de extremada emoción, alegría y gratitud en el rostro del ulano; y tarareando una melodía gitana salió de la habitación.