—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Que debemos irnos a Petersburgo —dijo—; aquí no tenemos nada que hacer ahora mismo.
—Como gustes —dije.
Me tomó en sus brazos y me besó.
«Debe usted perdonarme —dijo—, porque la culpa es mía».
Aquella tarde le tocá-i durante mucho tiempo, mientras él paseaba por la habitación. Tenía la costumbre de murmurar para sí; y cuando le preguntaba qué estaba murmurando, siempre pensaba un momento y luego me decía exactamente de qué se trataba.
Por lo general eran versos, y a veces puras necedades, pero siempre podía juzgar su estado de ánimo por ello. Cuando se lo pregunté ahora, se quedó quieto, pensó un instante y luego repitió dos versos de Lérmontov:
Él en su locura pide tormentas, y sueña que las tormentas le traerán la paz.
«Él es realmente más que humano», pensé; «lo sabe todo. ¿Cómo no va a quererle uno?».
Me levanté, lo tomé del brazo y comencé a pasear de arriba abajo con él, intentando llevarle el paso.
—¿Y bien? —preguntó, sonriendo y mirándome.
«Está bien», susurré. Y entonces un repentino ataque de alegría se apoderó de ambos: nuestros ojos reían, dábamos pasos cada vez más largos y nos poníamos más y más