Y Trosenko, muerto de risa, nos contó toda la historia del alférez y su ordenanza, aunque todos la habíamos oído cientos de veces.
—¿Por qué tienes tanta cara de rosa, viejo amigo? —continuó, dirigiéndose al alférez, quien se sonrojó, transpiró y sonrió de un modo que daba lástima verlo.
—¡No te preocupes, viejo amigo! Yo era exactamente igual que tú en su día, y ahora mírame, qué tío tan apuesto soy. Dejas entrar aquí a un jovencito recién llegado de Rusia —¿acaso no los hemos visto?— y le dan espasmos, reuma o cualquier otra cosa; y mírame a mí, instalado aquí, y es mi casa, mi cama y todo lo demás, ¿entiendes?
Y acto seguido se bebió otro vaso de vodka y, mirando fijamente a Kraft, dijo: «¿Eh?».
—¡Eso es lo que respeto! ¡He aquí un auténtico caucásico de los de antes! Permítame que le estreche la mano.
Y Kraft, haciéndose a un lado a empujones, se abrió paso hasta Trosenko y, agarrándole de la mano, se la apretó con peculiar emoción.
—Sí —continuó Kraft—, podemos decir que aquí hemos pasado por toda clase de experiencias. En el 45 usted estuvo presente, capitán, ¿verdad?, ¿recuerda la noche del 12 al 13, cuando pasamos la noche con el agua a las rodillas en el lodo y al día siguiente tomamos las barricadas que habían hecho con árboles cortados? Yo estaba agregado al comandante en jefe en ese momento, y tomamos quince barricadas en un solo día, ¿se acuerda, capitán?
Trosenko asintió afirmativamente, sacó el labio inferior y entornó los ojos.
—Vea usted… —comenzó Kraft, con gran animación, haciendo gestos desmedidos con las manos y dirigiéndose al comandante.