exactamente igual que yo!». Me parecía ahora que tenía ante mí todo su carácter y que lo comprendía a fondo. ¡Y qué simple era cada rasgo de su carácter, y qué afín al mío! Incluso sus planes para nuestra futura vida en común eran exactamente mis planes, solo que más clara y mejor expresados en sus palabras.
El tiempo era malo por entonces, y pasábamos la mayor parte del tiempo bajo techo. El rincón entre el piano y la ventana fue el escenario de nuestras mejores charlas íntimas. La luz de las velas se reflejaba en la negrura de la ventana cercana a nosotros; de vez en cuando, las gotas golpeaban el brillante cristal y se deslizaban hacia abajo. La lluvia repiqueteaba en el tejado; el agua salpicaba en un charco bajo el desagüe; se