“No querrás gesticular; eso lo empeora —dijo el hombrecito—. Ahora bien, ¿no te parece que harías mejor en ponerte la red?”.
Nejlúdov sintió un dolor agudo, pero por una especie de egoísmo infantil no quería ceder ante él; y así, negándose una vez más a aceptar la bolsa, continuó hablando con el viejo sobre la construcción de colmenas, acerca de la cual había leído en Maison Rustique, y que, según su parecer, debían hacerse el doble de grandes. Pero otra abeja le picó en el cuello, y perdió el hilo de su discurso y se detuvo en seco en medio de él.
—Eso está muy bien, padre, Mitri Mikolayévitch —dijo el viejo, mirando al príncipe con paternal protección—; eso está muy bien en los libros, como usted dice. Sí; tal vez el consejo se dé con cierto engaño, con algún sentido oculto; pero que haga uno exactamente lo que él aconseja, y seremos los primeros en reírnos a su costa. ¡Y esto pasa! ¿Cómo va usted a enseñar a las abejas dónde depositar su cera? Ellas mismas la ponen en el travesaño, a veces derecho y a veces oblicuo. ¡Mire usted nada más!
continuó, abriendo una de las colmenas más cercanas y contemplando el agujero de entrada bloqueado por una abeja que zumbaba y se arrastraba sobre el panal torcido. —Aquí hay una joven. Ve; a su cabeza está la reina, pero pone la cera derecha y de lado, conforme a la posición del bloque —dijo el viejo, evidentemente llevado por su interés en su ocupación y sin prestar atención a la situación del príncipe—. Hoy mismo volará con el polen. Hoy está templado; está alerta —continuó, volviendo a tapar la colmena y sujetando con un paño a la abeja que se arrastraba; para luego sacudirse en su áspera palma unos cuantos insectos de su cuello arrugado.
Las abejas no lo picaron; pero en cuanto a Nejliúdov, apenas pudo contener el deseo de emprender la retirada del colmenar. Las abejas ya lo habían picado en tres partes, y zumbaban enojadas por todos lados alrededor de su cabeza y su cuello.
—¿Tiene muchas colmenas? —preguntó mientras retrocedía hacia la puerta.