O⸺, perdimos dos partidas seguidas y, ante las risas y la general diversión de los oficiales espectadores, así como de los soldados y asistentes que nos miraban desde sus tiendas, llevamos a los ganadores a caballo de un extremo a otro del campo dos veces. Especialmente divertida era la situación del capitán teniente S⸺, enormemente gordo, quien, resoplando y sonriendo de buen humor, con los pies arrastrándose por el suelo, iba a horcajadas sobre la espalda del pequeño y enclenque teniente O⸺. Pero se estaba haciendo tarde. Los asistentes trajeron tres vasos de té sin platillos para los seis, y al terminar el juego nos dirigimos a los asientos rústicos. Cerca de ellos había un hombre bajito y patizambo, a quien no conocía, vestido con un abrigo de piel de oveja y con un gorro grande, blanco y de lana larga del mismo material en la cabeza. Tan pronto como nos acercamos, se quitó y se puso el gorro con vacilación varias veces, y en repetidas ocasiones pareció a punto de acercarse a nosotros, pero luego se detenía de nuevo. Supongo que, al decidir que ya no podía pasar desapercibido, este desconocido volvió a levantar el gorro y, rodeándonos, se acercó al capitán teniente S⸺.
—¡Ah, Guskantini! Bueno, ¿de qué se trata, viejo amigo? —dijo S⸺, sin dejar de sonreír de buen humor tras su paseo a caballo.
Guskantini, como lo llamó S⸺, se puso la gorra de inmediato y fingió meter las manos en los bolsillos de su abrigo de piel de oveja; pero por el lado vuelto hacia mí, pude ver que no tenía bolsillo, de modo que su manita roja quedó en una posición incómoda. Traté de decidir qué podía ser este hombre (¿un cadete o un oficial degradado a la tropa?) y, sin percatarme de que mi atención (la atención de un oficial desconocido) lo confundía, miré fijamente su ropa y su aspecto general. Parecía tener