del refugio de la capa, y cuando Ignashka, en respuesta a uno de sus consejos, le gritó que más le valía ir él mismo al frente ya que sabía por dónde ir, el dador de buenos consejos respondió que, si él estuviera conduciendo los caballos del correo, iría al frente y pronto los llevaría al camino. > «¡Pero nuestros caballos no van a abrir camino en una tormenta! —gritó—; ¡no son de esa
«¡Pues no te metas!», respondió Ignashka, silbando alegremente a sus caballos.
El otro cochero, sentado en el mismo trineo que el consejero, no le dijo nada a Ignashka y se abstuvo por completo de tomar parte en lo que sucedía, aunque todavía no estaba dormido, según deduje por su pipa aún encendida y por el hecho de que, cuando nos detuvimos, oí su charla regular y continua. Estaba contando un cuento. Solo una vez, cuando Ignashka se detuvo por sexta o séptima vez, al parecer molesto por la interrupción en el disfrute del viaje, le gritó:
—Pero bueno, ¿a qué te paras otra vez? … ¡Tratando de encontrar el camino, faltaría más! ¿No ves que hay una tormenta de nieve? El mismísimo agrimensor no podría encontrar el camino ahora; debes seguir conduciendo mientras los caballos puedan andar. Supongo que no nos vamos a congelar hasta morir. … ¡Anda, sigue!
—¡No lo dudo! ¡El año pasado un postillón murió congelado, y bien muerto que está! —replicó mi cochero.
El hombre del tercer trineo no se despertó en todo el tiempo. Solo una vez, mientras nos deteníamos, el consejero gritó—
—¡Filip, eh... Filip! —Y al no recibir respuesta, comentó—: Oye, no se habrá congelado, ¿verdad?... Será mejor que vayas a ver, Ignashka.