«¿Dónde están aquellos sueños?», se preguntó entonces el joven mientras caminaba a casa tras su ronda de visitas. «¡He aquí que ha pasado más de un año desde que busco la felicidad en este camino, y qué he encontrado? Es verdad, a veces siento que puedo contentarme conmigo mismo; pero este es un contentamiento seco y dudoso. No, aun así; ¡simplemente estoy insatisfecho! Estoy insatisfecho porque no hallo la felicidad aquí; y deseo, ansío apasionadamente, la felicidad. No he experimentado el deleite, me he apartado de todo lo que lo otorga. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Le hace eso la vida más fácil a alguien?
“Mi tía tenía razón cuando escribió que es más fácil encontrar la felicidad que dársela a los otros.
¿Se han vuelto más ricos mis campesinos? ¿Han aprendido algo? ¿O han mostrado alguna mejora moral?
En lo más mínimo. No están mejor, pero para mí cada día resulta más y más difícil. Si viera algún éxito en mis empresas, si viera alguna señal de gratitud… ¡pero no! Veo rutina mal dirigida, vicio, falsedad, desamparo. Estoy desperdiciando los mejores años de mi vida”.
Así se dijo a sí mismo, y recordó que sus vecinos, según había oído a su niñera, lo llamaban «un simple muchacho»; que no le quedaba dinero en el despacho; que su nueva trilladora, que él había inventado, para gran diversión de los campesinos, solo hacía ruido y no trillaba nada cuando la pusieron en marcha por primera vez en presencia de numerosos espectadores que se habían congregado en la era; que día a día tenía que esperar la llegada del juez de distrito para el inventario de bienes y enseres, que había omitido redactar por estar enfrascado en diversas empresas nuevas en su finca.