Antes de eso solía pensar que para él era tan divertido como para mí. Sentí tanta lástima por el cuaco que comencé a besar su cuello sudoroso y a pedirle perdón por haberlo golpeado.
Desde entonces me he hecho un hombre grande, y siempre tengo cuidado con los caballos, y siempre me acuerdo de Cuervo y de Pímen Timoféitch cada vez que veo que alguien tortura a un caballo.