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nydus/Short FictionPublic
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Lucerna

que casi en todas partes la he encontrado en el transcurso de mi vida; la grosera e inconsciente brusquedad de la muchedumbre no era ninguna novedad para mí: digan lo que dijeren quienes argumentan en favor del sentimiento popular, la muchedumbre es un conglomerado de personas muy posiblemente buenas, pero de personas que se rozan únicamente por sus flancos animales más burdos, y que expresan solo la debilidad y la dureza de la naturaleza humana. Pero, ¿cómo fue que ustedes, hijos de un pueblo humanitario, ustedes los cristianos, ustedes los sencillos, retribuyeron con frialdad y ridículo al pobre mendigo que les regaló un goce puro? Pero no, en su país hay asilos para mendigos. No hay mendigos, no puede haberlos; y no puede haber sentimientos de compasión, puesto que eso equivaldría a confesar que la mendicidad existe.

“Pero él se fatigó, os brindó deleite, os suplicó que le dierais algo de vuestro superfluo como pago por su labor de la cual os habíais aprovechado.

Pero le mirasteis con una sonrisa fría como a una de las curiosidades de vuestros excelsos y brillantes palacios; y aunque había cien de vosotros, favorecidos con la felicidad y la riqueza, ni un solo hombre ni una sola mujer de entre vosotros le dio un céntimo.

Avergonzado se alejó de vosotros, y la multitud irreflexiva, riendo, le siguió y ridiculizó no a vosotros, sino a él, porque fuisteis fríos, duros y deshonestos; porque le robasteis al recibir el entretenimiento que él os brindó: por esto se burlaron de él.

“ ‘ El 19 de julio de 1857, frente al hotel Schweitzerhof, en el cual se hospedaba gente muy opulenta, un músico mendigo ambulante cantó durante media hora sus canciones y tocó su guitarra. Alrededor de cien personas lo escucharon. El músico les pidió a todos tres veces que

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