madre. Ya ves que lo sé todo sobre ti. Ponte a trabajar; no robes en los montes de la Corona para irte a la taberna. Piensa en lo bien que podrías estar. Si de verdad necesitas algo, ven a verme; dime con honradez qué necesitas y para qué lo necesitas; y no digas mentiras, sino di toda la verdad, y entonces no te negaré nada de lo que me sea posible concederte.
—Disculpe, su’sencia, creo que le comprendo, su’sencia —respondió Yujvanka sonriendo como si comprendiera toda la importancia de las palabras del príncipe.
Aquella sonrisa y aquella respuesta desengañaron por completo a Nejliúdov en cuanto a cualquier esperanza que tuviera de reformar al hombre y de encaminarlo por la senda de la virtud mediante la persuasión moral. Le pareció duro que fuera energía desperdiciada cuando tenía el poder de advertir al campesino, y que todo lo que había dicho era exactamente lo que no debía haber dicho.
Él negó con la cabeza gravemente y entró en la casa. La anciana estaba sentada en el umbral y gemía pesadamente, lo que al joven propietario le pareció una señal de aprobación de sus palabras, las cuales ella había Oído.
—Tenga para que compre pan —le dijo Nejliúdov al oído, apretándole un billete de banco en la mano—. Pero quédeselo para usted y no se lo dé a Yepifán, que si no se lo gastará en bebida.
La anciana, con su mano deforme, se aferró al quicial de la puerta e intentó levantarse. Comenzó a derrocar sus agradecimientos al príncipe; su cabeza empezó a temblar, pero Nejliúdof ya estaba al otro lado de la calle cuando ella logró ponerse de pie.