En ese momento, la ventana se ensombreció con la cabeza de una campesina que pasó cargando algo de ropa blanca en un yugo, y poco después la madre de Davidka entró en la choza.
Era una mujer alta, de cincuenta años, muy tersa y vivaz. Su feio rostro estaba cubierto de viruelas y arrugas; pero su nariz recta y firme, sus labios delicados y apretados, y sus agudos ojos grises daban testimonio de su fuerza mental y energía.
La angulosidad de sus hombros, la planicie de su pecho, la delgadez de sus manos y los macizos músculos de sus piernas negras y desnudas hacían evidente que hacía mucho tiempo había dejado de ser mujer para convertirse en una mera bestia de carga.
Entró apresuradamente en la choza, cerró la puerta, dejó su ropa blanca y miró con enojo a su hijo.
Nechlúdov iba a decirle algo, pero ella le dio la espalda y comenzó a persignarse ante el icono de madera negra que se veía detrás del telar.
Cuando hubo hecho esto, se arregló el pañuelo sucio de cuadros que llevaba atado a la cabeza e hizo una profunda reverencia al príncipe.
—Que tenga un feliz domingo del Señor, excelencia —dijo—. Dios lo guarde; usted es nuestro padre.
Cuando Davidka vio a su madre se sintió confundido, arqueó un poco la espalda y bajó aún más la cabeza.
—Gracias, Arína —respondió Nejliúdov—. Acabo de hablar con su hijo sobre sus asuntos.