—Sí, ya sé que eres de primera en esa clase de cosas. … No, que vaya Daniel. Dile, hermano, que vaya y pregunte si los oficiales necesitan algo. Después de todo, hay que ser cortés con ellos; dile que la señora mandó a preguntar.
Los viejos volvieron al salón de té, y Lisa fue a la habitación de los sirvientes para guardar en una caja el azúcar que habían troceado. Oustúshka estaba allí hablando de los húsares.
—¡Querida señorita, qué belleza de Conde! —dijo—; un verdadero querubín con cejas negras. Anda que, si tuvieras un novio así, harían una pareja de las que valen la pena.
Las demás sirvientas sonrieron con aprobación; la vieja nodriza, que se sentaba a tejer junto a una ventana, suspiró y hasta musitó una oración, tomando aliento.
—¿Así que te gustaron mucho los húsares? —dijo Lisa—. Y se te da muy bien contar lo que has visto. Por favor, Ustushka, ve a traer un poco de jugo de arándanos para darles algo agrio de beber a los húsares.
Y Lisa, riendo, salió con el azucarero.
—Me gustaría mucho haber visto cómo es ese húsar —pensó—, ¿moreno o rubio? Y se habría alegrado de hacer nuestra amistad, supongo... Pero pasará y nunca sabrá que yo estuve aquí y pensé en él. ¿Y cuántos así han pasado ya a mi lado? ¿Quién me ve aquí aparte del tío y de Ustúshka? Me peine como me peine, me ponga las mangas que me ponga, nadie me mira con agrado —pensó, con un suspiro, mientras se miraba el brazo blanco y rollizo—; supongo que es alto, de ojos grandes y, desde luego, con un bigotito negro... No, tengo más de veintidós años y nadie se ha enamorado de mí, salvo el viruelas de Iván Ipátitch, y eso que hace cuatro años estaba aún mejor... Y así ha pasado mi juventud sin alegrar a nadie. ¡Ay, pobre, pobre muchacha de aldea que soy!