lastimeramente. «Ha sido castigado por deserción», me dijo alguien.
—¡Ah! —exclamé, con mi habitual gesto de aprobación, y seguí caminando.
Al día siguiente envié un mensajero a preguntar cómo estaba, y supe que había recibido el sacramento y se estaba muriendo.
Era el día del santo de mi hermano Miguel; hubo un servicio religioso especial y un desfile. Fingí estar indispuesto, a consecuencia de mi reciente viaje desde Crimea, y no fui a la iglesia. Dibich vino de nuevo y continuó su informe sobre la conspiración en el segundo ejército. Llamó mi atención sobre lo que el conde Vitt había dicho antes de mi visita a Crimea, y sobre la información que se había recibido del cabo Sherwood. Mientras escuchaba a Dibich, y al ver la inmensa importancia que concedía a estas tramas y conspiraciones, me sobrecogió de repente toda la significación de la revolución que había tenido lugar en mi interior. toda esa gente conspiraba para cambiar la forma de gobierno, para instaurar una constitución, exactamente lo que yo mismo había querido hacer hacía veinte años. Había creado y destruido constituciones en Europa, ¿pero acaso una sola alma había mejorado por ello? ¿Qué derecho tenía yo a tomar semejante tarea sobre mí? En realidad, la vida exterior, los asuntos externos y la participación en ellos carecían de importancia, eran innecesarios y no tenían absolutamente nada que ver conmigo. ¿Acaso no había participado en ellos al máximo, cambiado los destinos de las naciones europeas? Comprendí de repente que esto no me incumbía, que lo único importante para mis adentros era yo mismo—mi alma.