Zhílin y su amigo vivieron de esta manera durante un mes entero. El amo siempre se reía y decía: «¡Tú, Iván, bueno! ¡Yo, Abdul, bueno!». Pero los alimentaba mal, dándoles nada más que pan sin levadura de harina de mijo horneado en tortas planas, o a veces solo masa sin cocer.
Kostílin escribió a su casa por segunda vez, y no hacía más que lamentarse y esperar a que llegara el dinero. Se pasaba los días enteros en el granero durmiendo, o contando los días hasta que pudiera llegar una carta.
Zhílin sabía que su carta no llegaría a manos de nadie, y no escribió otra. Pensaba:
«¿De dónde iba a sacar mi madre suficiente dinero para pagar mi rescate? Ya de por sí vivía principalmente de lo que yo le mandaba. Si tuviera que juntar quinientos rublos, quedaría arruinada por completo. ¡Con la ayuda de Dios me las apañaré para escapar!».
Así que se mantuvo alerta, planeando cómo huir.
Andaba por el aul silbando, o se sentaba a trabajar, modelando muñecos de arcilla, o trenzando cestas con ramitas: pues Zhilin era mañoso con las manos.
Una vez moldeó una muñeca con nariz, manos, pies y un vestido tártaro, y la puso en el tejado. Cuando las mujeres tártaras salieron a buscar agua, Dina, la hija del amo, vio la muñeca y llamó a las mujeres, quienes dejaron sus cántaros y se quedaron mirando y riendo.