Me temo, sin embargo, que cuando te asomes por la tronera para echar una ojeada al enemigo, bajo la influencia de las balas zumbadoras no verás nada; pero si llegas a ver algo, te sorprenderá mucho descubrir que este muro de piedra blanquecina tan cercano a ti, y del que brotan incesantes nubecillas de humo blanco, que este muro blanco es el enemigo: él, como dicen los soldados y marineros.
Es hasta muy probable que el oficial naval, por vanidad, o simplemente para pasar el rato, quiera mostrarle algunos disparos. «Llamen al artillero y a la dotación al cañón»; y catorce marineros —haciendo resonar sus botas con clavos en la plataforma, uno guardándose la pipa en el bolsillo, otro aún masticando un bizcocho— rápida y alegremente ocupan el cañón y comienzan a cargar. Mire bien estos rostros, y observe el porte y la postura de estos hombres. En cada arruga, en cada músculo, en la anchura de esos hombros, en el grosor de esas piernas metidas en botas enormes: en cada movimiento, tranquilo, firme y deliberado, se aprecian los rasgos distintivos de aquello que constituye la fuerza del ruso: su sencillez y su terquedad.
De repente, el más temible estruendo no solo golpea tus oídos, sino todo tu ser, y te hace estremecer de pies a cabeza. Le sigue el silbido de la bala que se aleja, y una espesa nube de humo de pólvora te envuelve a ti, a la plataforma y a las oscuras figuras en movimiento de los marineros.
Oirán ustedes varios comentarios de los marineros acerca de este disparo nuestro, y notarán su animación, los indicios de un sentimiento que tal vez no esperaban: el sentimiento de animosidad y sed de venganza que se oculta en el alma de cada hombre. Oirán exclamaciones de júbilo: