—Muy cierto, su excelencia. No nos quiere usted hacer daño, pero no hay quien cuide la casa; porque mientras la vieja y yo cumplimos la prestación personal, el muchacho, aunque es tan pequeño, es de gran ayuda, pues lleva el ganado a pastar y da de beber a los caballos. Sea como sea, es un auténtico muzhik; —y Churis, con una sonrisa, cogió la nariz del muchacho entre sus gordos dedos y le limpió los mocos con maña.
“Sin embargo, debes mandarlo a la escuela, pues ahora estás en casa y él tiene mucho tiempo—¿oyes? No vayas a fallar”.
Churis suspiró hondo y no respondió.