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nydus/Short FictionPublic
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I

transformó el deseo, primero en una realidad y luego en una reminiscencia, y llegó a creer firmemente en su pasado como oficial de caballería⁠—todo lo cual no le impedía ser, tanto por su gentileza como por su honradez, un hombre de lo más digno.

“Sí, aquellos que nunca han servido en la caballería jamás nos comprenderán a nosotros los muchachos”.

Se sentó ajorjadas en una silla y, sacando la barbilla, comenzó a hablar con voz de bajo:

«Uno solía ir a la cabeza de su escuadrón: debajo de ti no un caballo, sino el diablo en persona, corcoveando por todas partes, y tú sentado ahí con aire despreocupado. Se acerca el comandante de escuadrón para la revista: “Teniente —dice—, por favor, no podemos apañarnos sin usted; lleve el escuadrón al desfile”. “Está bien”, dices, y ya está; te vuelves, les gritas a tus muchachos bigotudos… ¡Ah, caramba, qué tiempos aquellos!».

El conde regresó del baño muy colorado y con el pelo mojado, y fue derecho al número 7, donde el caballero de caballería ya estaba sentado en bata, fumando en pipa y contemplando con placer, no sin cierta aprehensión, la dicha que le había tocado en suerte de compartir habitación con el célebre Túrbin.

«Ahora bien —pensaba—, supongámonos que de pronto le da por cogerme, me desnuda, me lleva en coche hasta las puertas de la ciudad y me planta en la nieve, o bien... me embetuna, o simplemente... Pero no —se consolaba—, a un camarada no se lo hará».

—¡Sáshka, dale de comer a Blücher! —gritó el conde.

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