que la valentía es el resultado inevitable de la inteligencia y de un cierto grado de desarrollo; con lo cual (considerándome inteligente y culto) no pude menos que coincidir en secreto.
Recuerdo también cómo, al final de nuestra conversación, la esposa de Ivashín nos presentó el uno al otro, y cómo su hermano, con una sonrisa condescendiente, me dio su manecita, en la que aún no había terminado de ponerse un guante de cabritilla, y me apretó la mano de la misma manera débil e irresoluta que lo hacía ahora.
Aunque tenía prejuicios contra Gúskov, no pude menos entonces que hacerle justicia al estar de acuerdo con su hermana en que era realmente un joven inteligente y agradable, que debía triunfar en la sociedad. Era sumamente pulcro, iba vestido con elegancia, tenía un aspecto fresco y unos modales modestos con seguridad en sí mismo, y un aire muy juvenil, casi infantil, que hacía que uno perdonara involuntariamente la expresión de autosuficiencia y el deseo de mitigar el grado de su superioridad sobre uno, que su rostro inteligente, y especialmente su sonrisa, mostraban siempre.
Se decía que aquel invierno había tenido un gran éxito entre las damas de Moscú. Al encontrarme con él en casa de su hermana, solo podía deducir la veracidad de tales rumores por la expresión de agrado y satisfacción que siempre llevaba, y por las indiscretas historias que a veces contaba.
Nos vimos unas cuantas veces y charlamos bastante, o, mejor dicho, él charló bastante y yo escuché. Solía hablar en francés, con un estilo muy correcto, fluido y ornamental, y sabía cómo interrumpir a los demás en la conversación de manera amable y suave.
En general, me trataba a mí, y a todos, con cierta condescendencia; y, como siempre me pasa con la gente que está firmemente convencida de que se le debe tratar con condescendencia, y a la que no conozco bien, sentía que tenía toda la razón al hacerlo.