La sacudida que Ignashka le dio al trineo al subirse de un salto al pescante me despertó.
—¿Y bien, dónde estamos ahora? —pregunté—. ¿Seguimos hasta la mañana?
—No se preocupe usted, la llevaremos bien —respondió—. Ahora tengo los pies requetecalientes desde que me cambié las botas.
Y se sobresaltó; las campanillas empezaron a sonar; el trineo comenzó a balancearse de un lado a otro, y el viento silbaba a través de los patines.
Y de nuevo nos pusimos en marcha, flotando sobre el mar sin límites de nieve.