—Sirvo porque, en primer lugar, como sabe, es deber de todos servir. … ¿Qué? —añadió entonces, aunque nadie había hablado—. Ayer recibí una carta de Rusia, Nikolái Fiódorovich —continuó, evidentemente con ganas de cambiar de tema—; escriben que… hacen unas preguntas de lo más extrañas.
—¿Qué preguntas? —preguntó Bolhov.
El Mayor empezó a reír.
—Preguntas muy extrañas. … Preguntan si puede existir los celos donde no hay amor. … ¿Qué? —preguntó, volviéndose y mirándonos a todos.
—¡Vaya por Dios! —dijo Bolhov con una sonrisa.
—Sí, ya sabe, se está bien en Rusia —prosiguió el mayor, tal y como si sus frases fluyeran de manera natural una tras otra—. Cuando estuve en Tambov en el 52, me recibieron en todas partes como si hubiera sido ayudante de campo de algún emperador. ¿Lo creerá, que en un baile del gobernador, cuando entré, ya sabe... bueno, me recibieron muy bien. La misma esposa del general, ya sabe, me habló y me preguntó por el Cáucaso, y todo el mundo estaba... de modo que apenas sabía... Examinaron mi sable de oro como si fuera una curiosidad; preguntaron por qué había recibido el sable, por qué la Ana, por qué el Vladímir... así que simplemente se lo conté... ¿Qué? ¡Para eso sirve el Cáucaso, Nikolái Fiódorovich! —continuó, sin esperar ninguna respuesta—: Allí tienen muy buena opinión de nosotros los caucásicos. Ya sabe que un joven que es oficial de estado mayor y tiene una Ana y un Vladímir... eso cuenta mucho en Rusia... ¿Qué?
—Y usted, sin duda, exageró un poco, Abram Ilyich —dijo Bolhov.
—¡Je, je! —rió el Mayor, tontamente—. Ya sabes que uno tiene que hacer eso. ¡Y no veas cómo me alimenté esos dos meses!