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IV

profunda miseria en la que se había hundido su campesinado; pero la entera realidad estaba en tan perfecto contraste con su propia educación, el giro de su mente y el curso de su vida, que a pesar de sí mismo no dejaba de olvidar la verdad de aquello; y cada vez que, como ahora, se le presentaba de forma vívida y tangible, el corazón se le desgarraba con una melancolía dolorosa, casi insoportable, como si algún castigo absoluto e inevitable lo estuviera atormentando.

—¿Por qué es usted tan pobre? —exclamó, expresando su pensamiento involuntariamente.

—¿Cómo podríamos no ser pobres, señor, excelencia? Nuestra tierra es muy mala, como a su merced le consta: montones de arcilla y arena; y seguro que hemos ofendido a Dios, desde hace tanto tiempo, desde el cólera, que no crece el trigo. Nuestros prados y todo lo demás no hacen más que empeorar.

Y algunos de nosotros tenemos que trabajar para la granja, y otros estamos destinados a las tierras del señorío. Y aquí me tiene a mí, sin nadie que me ayude, y haciéndome viejo. Bastante contento estaría de trabajar, pero no tengo fuerzas. Y mi vieja está enferma; y cada año nace una niña, y tengo que alimentar a todas.

Me consumo de cansancio yo solito, y aquí hay siete dependientes de mí. Debo de ser un pecador a los ojos del Señor Dios, pienso a menudo para mis adentros. Y cuando Dios me lleve de repente, siento que me sería más fácil; igual que es mejor para ellas que llevar esta vida de perros aquí…

—¡Oh, oj! —gimió la anciana, como una especie de confirmación de las palabras de su marido.

—Y esta es toda la ayuda que tengo —continuó Churis, señalando al muchachito de siete años, de cabeza blanca y desgreñada, con una barriga enorme, que en ese momento, empujando la puerta tímida y

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