raspar la arena con furia de garras, cesando pronto, un pardo, una pantera, cogido en adulterio, buitreando a los muertos.
Después de despertarme anoche el mismo sueño ¿o lo fue? Espera.
Pasillo abierto. Calle de las rameras. Acuérdate. Harún al Rashid. Casi lo estoy logrando. Aquel hombre me guio, habló. No tuve miedo. El melón que tenía lo apoyó contra mi rostro. Sonrió: olor a fruta con crema. Esa era la regla, dijo. Adentro. Ven. Alfombra roja extendida. Verás a quién.
Cargando con sus hatillos caminaban con paso pesado, los egipcios rojiizos. Sus pies amoratados asomando por unos pantalones remangados golpeaban la arena pegajosa, una bufanda de ladrillo mate estrangulando su cuello sin afeitar.
Con pasos de mujer ella le seguía: el rufián y su pordiosera ambulante. El botín colgado a la espalda. Arena suelta y gravilla de conchas incrustadas en sus pies descalzos. Alrededor de su rostro marchito colgaban mechones de pelo. Detrás de su señor su compañera, bing awast, a Romeville.
Cuando la noche oculta los defectos de su cuerpo llamando bajo su chal marrón desde un soportal donde los perros se han enfangado. Su chulo está invitando a dos Royal Dublins en el O’Loughlin’s de Blackpitts. Bésala, dale al pico en jerga de bribones, porque, oh, mi linda muchacha bribona. La blancura de un demonio hembra bajo sus harapos rancios. El callejón de Fumbally esa noche: los olores de la tenería.
Blancas tus manos, rojo tu labio, y tu cuerpo delicado es. Acuéstate conmigo entonces, en la oscuridad, abraza y besa.
Morosa delectación llama a esto el panzudo de Aquino, frate porcospino. El Adán no caído cabalgaba y no sesteaba. Llame lo que quiera: fina es tu carne.