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Capítulo 3

maravillosa. O sí, la W. ¿Te acuerdas de tus epifanías sobre hojas ovales verdes, hondo muy hondo, de las que enviarías copias si morías a todas las grandes bibliotecas del mundo, incluida la de Alejandría? Alguien iba a leerlas allí al cabo de unos cuantos miles de años, un mahamanvantara. Muy al estilo de Pico della Mirandola. Ay, muy parecido a una ballena. Cuando uno lee estas extrañas páginas de alguien que ya se fue, uno siente que es uno con uno que una vez...

La arena granulada había desaparecido bajo sus pies. Sus botas pisaban de nuevo un matorral crujiente y húmedo, navajas, guijarros chirriantes, que en los innumerables guijarros bate, madera cribada por la broma, Armada invencible perdida.

Insalubres arenales aguardaban para chupar sus plantas al caminar, exhalando hacia arriba aliento de cloaca. Los bordeaba, caminando con cautela.

Una botella de porter se erguía, hundida hasta la cintura, en la masa apelmazada de la arena. Un centinela: isla de terrible sed.

Aros rotos en la orilla; en tierra un laberinto de oscuras redes taimadas; más allá puertas traseras garabateadas con tiza y en la playa más alta un tendedero con dos camisas crucificadas.

Ringsend: chozas de timoneles morenos y maestres de mar. Conchas humanas.

Se detuvo.

He pasado el desvío a casa de la tía Sara. ¿No voy allí? Parece que no. No hay nadie por los alrededores.

Viró hacia el nordeste y cruzó por la arena más firme hacia el Pigeonhouse.

—¿Quién te ha metido en este lío?

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