violeta que había comprado en Hely’s, en Dame Street, pues sentía que ella también podía escribir poesía si tan solo pudiera expresarse como aquel poema que tanto la había conmovido y que había copiado del periódico que se encontró una tarde envuelto alrededor de las hierbas de olor. ¿Eres real, mi ideal?, así se titulaba, obra de Louis J. Walsh, Magherafelt, y luego había algo sobre la hora crepuscular, ¿lo harás alguna vez?, y a menudo la belleza de la poesía, tan triste en su fugaz encanto, le había nublado los ojos con lágrimas silenciosas al ver que los años se le iban escapando, uno a uno, y que, a no ser por aquel único defecto, sabía que no tendría que temerle a ninguna competencia, y era un accidente bajando la colina de Dalkey, y siempre intentaba disimularlo.
Pero debía acabar, sentía ella. Si veía aquel señuelo mágico en sus ojos, no habría forma de contenerse. El amor se ríe de los cerrojos. Haría el gran sacrificio. Todo su esfuerzo se centraría en compartir sus pensamientos. Sería para él más querida que el mundo entero y doraría sus días de felicidad. Estaba la cuestión importantísima y se moría por saber si era un hombre casado o un viudo que había perdido a su esposa o alguna tragedia como la del noble con nombre extranjero del país de la canción que hizo que la metieran en un manicomio, cruel solo por compasión. Pero incluso si fuera así, ¿y qué? ¿Marcaría una gran diferencia?
De todo lo que tuviera un ápice de indelicadeza su naturaleza bien criada se apartaba por instinto. Sentía repulsión por esa clase de persona, las mujeres caídas del paseo de servicio junto al Dodder que andaban con los soldados y hombres vulgares, sin respeto por