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Capítulo 9

esbirro del placer, el cabello rubio y juguetón de Fedón.

Este… yo este… quería… se me olvidó… él…

—Longworth y M’Curdy Atkinson estaban allí…

Puck Mulligan pie hiso proeza, trinando:

Apenas oigo el grito suburbano O un Tommy hablar al pasar de mano Cuando mis pensamientos se van Por F. M'Curdy Atkinson, El mismo que tenía la pierna de palo Y aquel filibustero kilt tan malo Que su sed jamás osó calmar, Magee sin barbilla al hablar. Teniendo miedo a casarse en la tierra Se masturbaron con toda su fuerza.

Ahí está. Conócete a ti mismo.

Detenido debajo de mí, un interrogador me mira. Me detengo.

―Bufón fúnebre —gimió Buck Mulligan—. Synge ha dejado de vestir de negro para parecerse a la naturaleza. Solo los cuervos, los curas y el carbón inglés son negros.

Una risa tropezó en sus labios.

—Longworth está malísimo —dijo—, después de lo que escribiste sobre esa vieja bruja de Gregory. ¡Ay, inquisitorial borracho judío jesuita! Te consigue un trabajo en el periódico y luego vas y le pones a parir sus patrañas ante Dios. ¿No podías haberle dado el toque Yeats?

Siguió adelante y hacia abajo, secándose el sudor, canturreando con los brazos en ademán ondulante y grácil:

—El libro más hermoso que ha salido de nuestro país en mi época. Uno piensa en Homero.

Se detuvo al pie

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