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Chapter 12

medallas y naranjas y limonada y unos cuantos bollos secos de los viejos, ¡y un cuerno!, entretenimiento a lo grande, ni me hables. Irlanda sobria es Irlanda libre. Y entonces un viejo empieza a soplar en la gaita y todos los tunantes arrastrando los pies al son de la gaita. Y uno o dos cuervos vigilando que no hubiera manoseos con las hembras, golpes por debajo del cinturón.

Pues de todas formas, como iba diciendo, el viejo perro al ver que la lata estaba vacía se pone a husmear por donde estábamos Joe y yo. Yo lo adiestraría a base de bondades, vaya que sí, si fuera mi perro. Darle una buena patada de vez en cuando en un sitio donde no lo cagara ciego.

―¿Miedo a que te muerda? —dice el ciudadano con burla.

―No, digo yo. Pero bien podría tomar mi pierna por una farola.

Así que llama al viejo perro.

―¿Qué te pasa, Garry?, dice él.

Luego empieza a tironearlo y forcejearlo y a hablarle en irlandés y el viejo chucho gruñendo, fingiendo que contesta, como un dúo de ópera.

Unos gruñidos como los que se traían entre manos no los has oído en tu vida. Alguien que no tenga nada mejor que hacer debería escribir una carta pro bono publico a los periódicos sobre la ley del bozal para un perro de esa laya.

Gruñendo y refunfuñando y con el ojo todo inyectado en sangre por la sequía que lleva encima y la rabia goteándole de las mandíbulas.

Todos aquellos que se interesan por la difusión de la cultura humana entre

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