esto había causado satisfacción.
Ha partido de las moradas mortales: O’Dignam, sol de nuestra mañana. Ligero era su pie sobre el helecho: Patricio de la frente radiante. Llora, Banba, con tu viento: y llora, oh océano, con tu torbellino.
―Ahí está otra vez —dice el ciudadano, mirando hacia fuera.
―¿Quién? digo yo.
―Bloom, dice. Está haciendo guardia de tráfico de arriba abajo por ahí desde hace diez minutos.
Y, céspit, vi su jeta asomar un ojo y luego largarse otra vez.
El pequeño Alf se quedó patitieso. ¡Vaya que sí!
—¡Buen Dios! —dice él—. Habría jurado que era él.
Y dice Bob Doran, con el sombrero en la nuca, el canalla más bajo de Dublín cuando está bajo los efectos:
—¿Quién dijo que Cristo es bueno?
―Le ruego sus chirivías, dice Alf.