con dos hombres merodeando por la casa tratando de entrar.
—¡Hombre, alegre!, dijo el señor Dedalus. ¿Quién es?
—Oh —dijo el padre Cowley—. Cierto usurero de nuestro conocimiento.
—Con la espina dorsal rota, ¿eh?, preguntó el señor Dedalus.
—Lo mismo, Simon, respondió el padre Cowley. Rubén de ese pelo. Solo estoy esperando a Ben Dollard. Va a decirle unas palabras a Long John para que quite de en medio a esos dos hombres. Todo lo que quiero es un poco de tiempo.
Miró con vaga esperanza a uno y otro lado del muelle, con una gran manzana de Adán sobresalindole en el cuello.
―Ya lo sé, dijo el señor Dedalus, asintiendo. ¡Pobre del viejo cojo Ben!