haber visto el ojo de Long John. U. p …
Y empezó a reírse.
—¿De quién te ríes? —dice Bob Doran—. ¿Es Bergan?
―Date prisa, muchacho Terry, dice Alf.
Terence O’Ryan lo oyó y al punto le trajo una copa de cristal llena de la espumosa cerveza ale de ébano que los nobles hermanos gemelos Bungiveagh y Bungardilaun elaboran siempre en sus divinas cubas cerveceras, diestros como los hijos de la inmortal Leda.
Pues ellos cosechan las suculentas bayas del lúpulo y las amasan y criban y machacan y elaboran y mezclan con ellas agrios jugos y llevan el mosto al fuego sagrado y no cesan ni de noche ni de día en su labor, aquellos diestros hermanos, señores de la cuba.
Entonces tú, caballeresco Terence, extendiste, como quien nace para ello, esa bebida néctarea y le ofreciste la copa de cristal al sediento, el alma de la caballería, en belleza semejante a los inmortales.
Mas él, el joven jefe de los O'Bergan, mal podía tolerar ser superado en actos de generosidad, sino que entregó a cambio, con gracioso gesto, un testón de riquísimo bronce. Sobre él, grabado con primorosa herrería, se veía la efigie de una reina de porte regio, vástago de la casa de Brunswick, de nombre Victoria, Su Muy Excelencia Majestad, por la gracia de Dios del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y de los dominios británicos allende los mares, reina, defensora de la fe, emperatriz de la India, ella misma, que gobernaba, vencedora sobre muchos pueblos, la muy amada, pues la conocían y amaban desde la salida del