espaldas palabras amigas.
―Dedalus, baja, alma de cántaro. El desayuno está listo. Haines está pidiendo disculpas por habernos despertado anoche. No pasa nada.
—Ya voy, dijo Stephen, dándose la vuelta.
—Hazlo, por amor de Jesús —dijo Buck Mulligan—. Por mí y por todos nosotros.
Su cabeza desapareció y reapareció.
―Le he hablado de tu símbolo del arte irlandés. Dice que es muy ingenioso. Sácalo una libra, ¿quieres? Una guinea, digo.
―Me pagan esta mañana ―dijo Stephen.
—¿El cuchitril de la escuela? —dijo Buck Mulligan—. ¿Cuánto? ¿Cuatro libras? Préstame una.
―Si lo quieres, dijo Stephen.
—Cuatro soberanos relucientes, gritó Buck Mulligan encantado. Nos pillaremos una curda gloriosa para