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Capítulo 10

señor David Sheehy,

―Muy bien, en verdad, padre. ¿Y usted, padre?

El padre Conmee estaba maravillosamente bien, en verdad. Probablemente iría a Buxton por las aguas. ¿Y sus muchachos, les iba bien en Belvedere? ¿Era así? Al padre Conmee le alegraba muchísimo oír eso. ¿Y el propio señor Sheehy? Todavía en Londres. La Cámara seguía reunida, claro que sí. Qué tiempo tan hermoso, una delicia la verdad. Sí, era muy probable que el padre Bernard Vaughan volviera a predicar. Oh, sí: un éxito rotundo. Un hombre maravilloso de veras.

El padre Conmee se alegró mucho de ver a la esposa del señor David Sheehy, diputado, con tan buen aspecto y le rogó que le recordara al señor David Sheehy, diputado. Sí, iría a visitarlos sin falta.

—Buenas tardes, señora Sheehy.

El padre Conmee se quitó el sombrero de seda al despedirse ante las cuentas de azabache de su mantilla, relucientes de tinta al sol. Y volvió a sonreír al marcharse. Se había lavado los dientes, lo sabía, con pasta de nuez de areca.

El padre Conmee caminaba y, al caminar, sonreía porque pensaba en los ojos burlescos y la voz de cockney del padre Bernard Vaughan.

―¡Pilatos! ¿Por qué no detiene a esa turba vocinglera?

Un hombre ferviente, sin embargo. De veras lo era. E hizo un gran bien a su manera. Fuera de toda duda. Amaba a Irlanda, decía, y amaba

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