dijo J. J. O’Molloy con suavidad. Suena más noble que británico o Brixton. La palabra le recuerda a uno de algún modo a la grasa en el fuego.
Myles Crawford lanzó su primera bocanada violentamente hacia el techo.
―Se acabó ―dijo―. Somos la grasa. Tú y yo somos la grasa en el fuego. No tenemos la más mínima posibilidad.
La grandeza que fue Roma
—Un momento —dijo el profesor MacHugh, alzando dos quietas garras—. No debemos dejarnos llevar por las palabras, por los sonidos de las palabras. Pensamos en Roma, imperial, imperiosa, imperativa.
Extendió brazos oratorios desde unos puños de camisa raídos y manchados, haciendo una pausa:
―¿Cuál era su civilización? Vasta, lo concedo; pero vil.
Cloacae: cloacas. Los judíos en el desierto y en la cima de la montaña dijeron: Es bueno estar aquí. Edifiquemos un altar a Jehová.
El romano, al igual que el inglés que sigue sus pasos, llevó a cuanta nueva orilla puso el pie (en la nuestra nunca lo puso) únicamente su obsesión cloacal. Miró a su alrededor envuelto en su toga y dijo: Es bueno estar aquí. Construyamos un retrete.
—Lo cual efectivamente hicieron —dijo Lenehan—. A nuestros viejos y antiguos antepasados, como leemos en el primer capítulo