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Capítulo 10

gran boca abierta, mientras un botón desprendido de su abrigo pendía oscilando del hilo y brillaba por el revés mientras se limpiaba las densas lagañas que le cegaban los ojos para poder oír bien.

―¿Qué pocos días? —bramó—. ¿No te ha embargado el casero por el alquiler?

―Lo ha hecho, dijo el padre Cowley.

—Pues la orden de arresto de nuestro amigo no vale ni el papel en el que está escrita —dijo Ben Dollard—. El casero tiene preferencia. Le di todos los detalles. ¿29 de Windsor Avenue? ¿Love es el apellido?

—Así es, —dijo el padre Cowley—. El reverendísimo mister Love. Es pastor en algún lugar del campo. Pero ¿está usted seguro de eso?

―Dile a Barrabás de mi parte —dijo Ben Dollard— que puede meterse el requerimiento por donde Jacko se metió las nueces.

Condujo audazmente al padre Cowley hacia adelante, unido a su volumen.

—Avellanas, creo que eran, dijo el señor Dedalus, mientras se colgaba los lentes sobre la pechera del abrigo, persiguiéndolos.

―El muchacho estará bien, dijo Martin Cunningham, al salir por la puerta de Castleyard.

El policía se llevó la mano a la frente.

—Dios lo bendiga, dijo Martin Cunningham con alegría.

Hizo una seña al cochero que esperaba, el cual sacudió las riendas y emprendió la marcha hacia Lord Edward street.

Bronce por oro, la cabeza de la señorita Kennedy junto a la cabeza de la

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