decir?
Stephen miró su sombrero, su bastón, sus botas.
Stephanos, mi corona. Mi espada. Sus botas están arruinando la forma de mis pies. Cómprate un par. Agujeros en mis calcetines. El pañuelo también.
―Haces buen uso del nombre —concedió John Eglinton—. El tuyo ya es bastante extraño. Supongo que explica tu humor fantástico.
Yo, Magee y Mulligan.
Fabuloso artífice, el hombre halconesco. Volaste. ¿A dónde? Newhaven-Dieppe, pasajero de tercera. París y vuelta.
- Avefría.
- Ícaro.
- Pater, ait.
Salpicado de mar, caído, revolcándose. Avefría eres. Avefría él.
El señor Best levantó con entusiasmo y en silencio su libro para decir:
—Eso es muy interesante porque ese motivo del hermano, ¿sabe?, lo encontramos también en