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Chapter 7: In the Heart of the Hibernian Metropolis

este país, a una época remota de esta época, que me encontraba en el antiguo Egipto y que estaba escuchando el discurso de algún sumo sacerdote de aquella tierra dirigido al joven Moisés.

Sus oyentes sostenían los cigarrillos en suspenso para escuchar, con el humo ascendiendo en tallos frágiles que florecían al compás de sus palabras.

Y que nuestro humo retorcido. Palabras nobles se aproximan. Cuidado.

— Y me pareció que oía la voz de aquel sumo sacerdote egipcio alzada en un tono de semejante altivez y de semejante orgullo. Oí sus palabras y su significado me fue revelado.

De los Padres

Me fue revelado que son buenas aquellas cosas que aun están corrompidas, las cuales ni si fuesen supremamente buenas, ni a menos que fuesen buenas, podrían ser corrompidas.

¡Ah, maldita sea! Ese es san Agustín.

— ¿Por qué los judíos no aceptan nuestra cultura, nuestra religión y nuestra lengua? Vosotros sois una tribu de pastores nómadas; nosotros somos un pueblo poderoso. No tenéis ciudades ni riquezas: nuestras ciudades son colmenas de humanidad y nuestras galeras, trirremes y cuatrirremes, cargadas de mercancías de toda especie, surcan las aguas del globo conocido. Apenas habéis emergido de condiciones primitivas: nosotros tenemos una literatura, un sacerdocio,

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