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1. Telémaco

leche blanca, que no era de ella. Viejos pechos arrugados. Volvió a verter una medida y un tilly. Vieja y secreta había entrado de un mundo matutino, tal vez una mensajera. Alabó la bondad de la leche, vertiéndola. Agachada junto a una vaca paciente al alba en el prado lozano, una bruja en su seta, sus arrugados dedos ágiles en los ubres chisgueteantes. Bramaban en torno a ella a quien conocían, ganado suave de rocío. Seda de las vacas y pobre vieja, nombres dados a ella en tiempos antiguos. Una vieja andante, humilde forma de una inmortal sirviendo a su conquistador y a su alegre traidor, la cornuda común de ambos, una mensajera de la mañana secreta. Servir o reprochar, cuál de las dos no alcanzaba a decir: pero desdeñaba implorar su favor.

—Así es, señora —dijo Buck Mulligan, vertiendo leche en sus tazas.

―Pruebe, señor ―dijo ella.

Él bebió a petición de ella.

―Si tan solo pudiéramos vivir de buena comida como esa, le dijo él en voz algo alta, no tendríamos el país lleno de dientes podridos y tripas podridas. Viviendo en un lodazal, comiendo comida barata y las calles pavimentadas con polvo, mierda de caballo y gargajos de tenciosos.

―¿Es usted estudiante de medicina, señor? ―preguntó la anciana.

—Lo soy,

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