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Capítulo 5

El señor Bloom dobló la esquina y pasó junto a los jamelgos cabizbajos del coche de alquiler. No sirve de nada seguir pensando en eso. Hora del morral. Ojalá no me hubiera encontrado con ese tipo, M’Coy.

Se acercó y oyó el crujir de la avena dorada, el suave rechinar de los dientes. Sus ojos desorbitados y llenos de asombro lo miraron al pasar, entre el dulce tufo avenao de orina de caballo. Su Eldorado. ¡Pobres infelices!

Maldito lo que saben o les importa nada con las largas narices metidas en los morrales. Demasiado llenos para palabras. Pero al menos reciben su ración como Dios manda y su camastro. Castrados también: un cabo de gutapercha negra colgando lacio entre las ancas. Aun así puede que sean felices de ese modo. Tienen buena traza, los pobres animales. Aunque su relincho puede resultar muy irritante.

Sacó la carta del bolsillo y la dobló dentro del periódico que llevaba.

Bien podría tropezar con ella aquí. El callejón es más seguro.

Pasó junto al refugio de los cocheros.

Curiosa la vida de los cocheros errantes, todo clima, todo lugar, hora o destino, sin voluntad propia. Voglio e non. Me gustaría darles un cigarro de vez en cuando. Sociable. Gritar unas cuantas sílabas al vuelo al pasar.

Tarareó:

Là ci darem la mano La la lala la la.

Entró en Cumberland street y, avanzando unos pasos, se detuvo al amparo del muro de la estación. Nadie.

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