heresiarcas. Una horda de herejes huyendo con las mitras torcidas: Focio y la prole de burlones de la que Mulligan era uno, y Arrio, combatiendo toda su vida la consustancialidad del Hijo con el Padre, y Valentín, desdeñando el cuerpo terrenal de Cristo, y el sutil heresiarca africano Sabelio, que sostenía que el Padre era Él mismo su propio Hijo. Palabras que Mulligan había pronunciado hacía un momento en burla al desconocido. Ociosa burla. El vacío aguarda sin duda a todos los que tejen el viento: una amenaza, un desarme y una derrota por parte de aquellos ángeles encastillados de la iglesia, la hueste de Miguel, que la defienden siempre en la hora del combate con sus lanzas y sus escudos.
¡Escuchen, escuchen!
Aplausos prolongados.
¡Zut! ¡Nom de Dieu!
—Por supuesto que soy británico —dijo la voz de Haine—, y me siento como tal. Yo tampoco quiero ver a mi país caer en manos de judíos alemanes. Me temo que ese es nuestro problema nacional ahora mismo.
Dos hombres estaban de pie al borde del acantilado, mirando: empresario, barquero.
―Se dirige al puerto de Bullock.
El barquero indicó con la cabeza hacia el norte de la bahía con cierto desdén.
—Hay cinco brazas ahí fuera —dijo—. Se lo llevará la corriente hacia allá