Esposa y compañera de Adán Kadmon: Heva, la desnuda Eva. No tenía ombligo.
Mira. Vientre sin mácula, abultado y grande, rodela de pergamino terso, no, trigo amontonado blanco, oriental e inmortal, erguido desde siempre y para siempre. Vientre del pecado.
En el vientre de la oscuridad del pecado también estuve, hecho, no engendrado. Por ellos, el hombre con mi voz y mis ojos y una mujer fantasma con cenizas en el aliento. Se abrazaron y se desunieron, cumplieron la voluntad del acoplador. Desde antes de los siglos Él me quiso y ahora no puede desquererme ni nunca jamás.
Una lex eterna permanece en torno a Él. ¿Es ésa entonces la sustancia divina en la que el Padre y el Hijo son consustanciales? ¿Dónde está el pobre y querido Ario para dirimir controversias? Luchando toda su vida contra la contransmagnificandjudiobombantancialidad.
Hereje malfadado. En un retrete griego exhaló el último suspiro: eutanasia. Con mitra de pedrería y con báculo, entronizado en su cátedra, viudo de una sede viuda, con el omoforio tieso hacia arriba, con las posaderas cuajadas.
Aires retozozaban a su alrededor, aires mordaces y ávidos. Ya vienen, las olas. Los hipocampos de blanca crin, relinchando, bridados por el viento brioso, los corceles de Mananán.
No debo olvidar su carta para la prensa. ¿Y después? El barco, a las doce y media. A propósito, no gastes tanto ese dinero como buen imbecilito que eres. Sí, debo hacerlo.
Su paso decayó. Aquí. ¿Voy a casa de la tía Sara o no?