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Capítulo 11

pliegue de la falda por encima de la rodilla. Demorada. Todavía los atormentaba, inclinándose, suspendiendo, con ojos deliberados.

― ¡Toca!

Plas. Soltó de golpe en rebote su liga elástica apresada plastecálida contra su muslo de mujer de cálida media bienplaseable.

― ¡La campana! ―exclamó jubiloso Lenehan―. Adiestrado por el dueño. Nada de serrín ahí.

Ella sonríehace una mueca de suficiencia (¡lloraba! ¿no son los hombres?), pero, deslizándose hacia la luz, mansamente le sonrió a Boylan.

―Eres la esencia de la vulgaridad ―dijo ella deslizándose.

Boylan, con los ojos puestos en ella, puestos en ella. Arrojó a sus labios carnosos su cáliz, se tragó su diminuto cáliz, chupando las últimas gotas densas, violáceas y almibaradas. Sus ojos embelesados siguieron su cabeza deslizante mientras bajaba por la barra entre espejos, arco dorado de ginger ale, copas de hock y claret brillando, una concha puntiaguda, donde se concertaba, reflejada, de bronce con un bronce más soleado.

Sí, bronce de los alrededores.

—⁠ ⁠… ¡Cariño, adiós!

—Me voy —dijo Boylan con impaciencia.

Deslizó su cáliz a toda prisa, aferró su cambio.

―Espérate un segundo,

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