pliegue de la falda por encima de la rodilla. Demorada. Todavía los atormentaba, inclinándose, suspendiendo, con ojos deliberados.
― ¡Toca!
Plas. Soltó de golpe en rebote su liga elástica apresada plastecálida contra su muslo de mujer de cálida media bienplaseable.
― ¡La campana! ―exclamó jubiloso Lenehan―. Adiestrado por el dueño. Nada de serrín ahí.
Ella sonríehace una mueca de suficiencia (¡lloraba! ¿no son los hombres?), pero, deslizándose hacia la luz, mansamente le sonrió a Boylan.
―Eres la esencia de la vulgaridad ―dijo ella deslizándose.
Boylan, con los ojos puestos en ella, puestos en ella. Arrojó a sus labios carnosos su cáliz, se tragó su diminuto cáliz, chupando las últimas gotas densas, violáceas y almibaradas. Sus ojos embelesados siguieron su cabeza deslizante mientras bajaba por la barra entre espejos, arco dorado de ginger ale, copas de hock y claret brillando, una concha puntiaguda, donde se concertaba, reflejada, de bronce con un bronce más soleado.
Sí, bronce de los alrededores.
— … ¡Cariño, adiós!
—Me voy —dijo Boylan con impaciencia.
Deslizó su cáliz a toda prisa, aferró su cambio.
―Espérate un segundo,