Está escribiendo un libro sobre los Fitzgerald, me dijo. Está muy puesto en historia, la verdad.
La joven, con pausado cuidado, desprendió de su ligera falda una ramita adherida.
―Creía que andabas en otra conjuración de la pólvora —dijo J. J. O’Molloy.
Ned Lambert se crujió los dedos en el aire.
—¡Dios! —exclamó—. Se me olvidó contarle ese del conde de Kildare después de que prendió fuego a la catedral de Cashel. ¿Conoces ése? Juro por Dios que no lo hice a propósito —dice—, pero juro a Dios que creía que el arzobispo estaba dentro. Aunque a lo mejor no le hace gracia. ¿Qué? ¡Válgame Dios, se lo voy a contar de todas formas! Ese sí que