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Capítulo 8

ya basta de hablar de eso. Entre nos: marido.

―¿Y vuestro señor y amo?

La señora Breen puso en blanco sus dos grandes ojos. No los ha perdido de todos modos.

—Oh, no hables —dijo ella—. Es peor que una mala bestia. Está ahí dentro ahora mismo con sus libros de leyes averiguando la ley sobre difamación. Me tiene el corazón quemado. Espera a que te enseñe.

Vapor caliente de imitación de sopa de tortuga y vaho de bollos de mermelada recién horneados y rollitos salían a borbotones de lo de Harrison. El pesado tufo del mediodía le hizo cosquillas a don Leopold Bloom en lo alto del esófago.

Queriendo hacer buena masa, mantequilla, la mejor harina, azúcar Demerara, o si no sabrían a rayos con el té caliente. ¿O viene de ella?

Un árabe descalzo se paró sobre la rejilla, inhalando los vapores. Apagar el mordisco del hambre de esa manera. ¿Placer o dolor, qué será?

Comida a penique. Cuchillo y tenedor amarrados a la mesa.

Abriendo el bolso, cuero desgastado, alfiler de sombrero: debería llevar un protector esas cosas. Te lo pueden hincar en un ojo en el tranvía. Revolviendo. Abierto. Dinero. Sírvase tomar uno. Unos demonios si pierden seis peniques. Arman la mundial. El marido armando bronca. ¿Dónde están los diez chequines que te

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