Menton—. Hace tiempo que no la veo. Era una mujer hermosa. Bailé con ella, espere, hace quince, diecisiete dorados años, en casa de Mat Dillon, en Roundtown. Y vaya par de brazos los que tenía.
Miró hacia atrás a través de los otros.
―¿Qué es? ―preguntó―. ¿A qué se dedica? ¿No andaba en el ramo de la papelería? Me enemisté con él una tarde, lo recuerdo, jugando a los bolos.
Ned Lambert sonrió.
―Sí, lo era —dijo—, en Wisdom Hely’s. Un viajante de papel secante.
—En nombre de Dios, dijo John Henry Menton, ¿para qué se casaría con un negro como ese? Entonces le sobraban los pretendientes.
―Todavía tiene, dijo Ned