cubrió la cara de la luz de la ventana cuando el coche pasó junto a la estatua de Gray.
—Todos hemos pasado por eso —dijo Martin Cunningham con amplitud.
Sus ojos se encontraron con los ojos de lord Bloom. Acariciose la barba, añadiendo:
—Bueno, casi todos nosotros.
Mr Bloom comenzó a hablar con repentino entusiasmo a las caras de sus compañeros.
—Esa que corre por ahí sobre Reuben J. y el hijo es buenísima.
—¿Del barquero? —preguntó el señor Power.
—Sí. ¿A que es maravillosamente bueno?
—¿Qué es eso? —preguntó el señor Dedalus—. No lo oí.
—Había una muchacha de por medio —empezó el señor Bloom—, y él decidió mandarlo a