recién. Aquí dentro. ¿Qué, el Ormond? Lo más barato de Dublín. ¿De verdad? El comedor. Quédate bien sentado ahí. Ver, no ser visto. Creo que te voy a hacer compañía. Vamos. Richie se adelantó. Bloom lo siguió con su bolsa. Una cena digna de un príncipe.
Miss Douce se estiró hacia arriba para coger un frasco, estirando su brazo de satén, su busto, que poco faltaba para reventar, tan alto.
―¡Ay! ¡Ay! —exclamó Lenehan, jadeando en cada estiramiento—. ¡Ay!
Pero con facilidad apresó a su presa y la condujo arrastrando en triunfo.
―¿Por qué no creces? —preguntó Blazes Boylan.
Shebronce, escanciando de su jarra un licor espeso y almibarado para sus labios, miró cómo fluía (una flor en su solapa: ¿quién se la dio?), y almibarada con su voz:
—Los buenos perfumes vienen en frascos pequeños.
Es decir ella.
Primorosamente escanció el aguardiente de endrinas, lento y almibarado.
―Aquí tienes una fortuna, dijo Blazes.
Arrojó una ancha moneda.
La moneda resonó.
—Espera —dijo Lenehan—, hasta que yo…
—Por la fortuna —deseó, levantando su cerveza espumosa.
—Sceptre ganará de calle, dijo.