las mesas pidiendo más pan gratis, tragando, engullendo bocados de comida babosa, con los ojos saltones, limpiándose los bigotes mojados. Un joven pálido de cara de sebo lustraba su vaso, cuchillo, tenedor y cuchara con la servilleta. Nuevo lote de microbios. Un hombre con una servilleta manchada de salsa de infante metida alrededor se metía a paletadas sopa gorgoteante por el coleto. Un hombre escupiendo de vuelta en su plato: cartílago semimasticado: sin dientes para masmasticamasticarlo. Chuleta de lomo a la parrilla. Tragando a prisa para acabar. Ojos de bebedor triste. Ha mordido más de lo que puede tragar. ¿Soy así? Vernos como los demás nos ven. Hombre hambriento es hombre furioso. Trabajando a diente y muela. ¡No! ¡Oh! ¡Un hueso! Ese último rey pagano de Irlanda, Cormac, en el poema escolar se atragantó en Sletty, al sur del Boyne. A saber qué estaría comiendo. Algo rechupete. San Patricio lo convirtió al cristianismo. No pudo tragárselo todo sin embargo.
—Ternera asada con repollo.
―Un guiso.
Olores a hombres. Se le revolvió el estómago. Serrín escupido, humo de cigarrillo dulzón y tibio, tufo de tabaco de hebra, cerveza derramada, meados cerveceros de hombre, el tuho de la fermentación.
No podría probar bocado aquí. Un tipo afilando cuchillo y tenedor, para devorarse todo lo que tiene enfrente, viejo verde