la isla de Man para apartarlo de todo peligro, pero cuando los dos estaban...
―¿Qué? —preguntó el señor Dedalus—. ¿Ese maldito y confirmado pánfilo, es?
―Sí, dijo Mr Bloom. Los dos iban de camino al bote e intentó ahogar...
—¡Abran paso a Barrabás! —gritó el señor Dedalus—. ¡Ojalá lo hubiera hecho, por Cristo!
El señor Power soltó una larga carcajada por sus fosas nasales sombrías.
—No, dijo mister Bloom, el hijo mismo...
Martin Cunningham interrumpió su discurso groseramente.
—Reuben J. y el hijo iban a trancas y barrancas por el muelle al lado del río camino del barco de la isla de Man y al mocoso de repente se le soltó la mano y ¡ala! al otro lado del muro al Liffey.
—¡Por amor de Dios! —exclamó con susto el señor Dedalus—. ¿Está muerto?
—¡Muerto! —exclamó Martin Cunningham—. ¡Él no! Un barquero cogió una pértiga y lo pescó por los flojos de los calzones y lo sacaron sano y salvo al muelle. Más muerto que vivo. Media ciudad estaba allí.
—Sí, —dijo el señor Bloom—. Pero lo gracioso es que.....
―Y Reuben J., dijo Martin Cunningham, le dio un florín al barquero por salvarle la vida a su hijo.
Un suspiro ahogado salió de debajo de la mano de Mr Power.
—O, lo hizo —afirmó Martin Cunningham—. Como un héroe. Un florín de