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Capítulo 13

tenía una vista completa muy por encima de su rodilla donde nadie jamás ni siquiera en el colummpio o vadeando y ella no se avergonzaba y él tampoco de mirar de ese modo descarado así porque él no podía resistir la visión de la maravillosa revelación medio ofrecida como esas bailarinas de faldas portándose tan descaradamente ante los caballeros mirando y él seguía mirando, mirando.

Bien habría querido gritarle con la voz entrecortada, tenderle sus delgados y níveos brazos para que él viniera, para sentir sus labios posados sobre su blanca frente, el grito del amor de una muchacha, un pequeño grito ahogado, arrancado de su ser, ese grito que ha resonado a través de los siglos.

Y entonces un cohete saltó y bang disparó a ciegas y ¡oh! entonces la bengala estalló y fue como un suspiro de ¡oh! y todos gritaron ¡oh! ¡oh! embelesados y brotó de ella un chorro de hilos de lluvia de oro y pelo y se desprendían y ¡ah! eran todas estrellas verdosos rocíos cayendo con áureas, ¡oh, tan encantadoras! ¡oh, tan suaves, dulces, suaves!

Luego todo se desvaneció en el aire gris con rocío: todo quedó silencioso. ¡Ah! Ella lo miró de reojo al inclinarse rápidamente hacia adelante, una pequeña mirada patética de protesta lastimosa, de tímido reproche ante la cual él se sonrojó como una muchacha. Estaba apoyado contra la roca de atrás. Leopold Bloom (porque es él) permanece en silencio, con la cabeza inclinada ante esos ojos jóvenes y cándidos. ¡Qué bruto había sido! ¿Otra vez a las andadas? Un alma pura e inmaculada lo había llamado y, miserable que era, ¿cómo le había respondido? Un completo patán había sido. ¡Él entre todos los hombres! Pero había un caudal infinito de misericordia en esos ojos, también para él una palabra

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